Joy Laville

Ryde on the Isle of Wight, 1923 - Cuernavaca, Morelos, 2018

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Archivo Fotográfico






BIOGRAFÍA - JOY LAVILLE (Ryde on the Isle of Wight, Inglaterra, 1923 - Cuernavaca, Morelos, 2018)


Joy Laville (Helene Joy Laville Perren) nació en la ciudad de Ryde ubicada en la isla británica de Wight en 1923. Fue una pintora y escultora inglesa nacionalizada mexicana.  Tanto su preparación como su carrera artística se desarrollaron en México. Se dedicó principalmente a la pintura aunque también realizó esculturas en bronce y grabados. 

Pasó su infancia en la isla de Wight, en el canal de la Mancha, Inglaterra, lo cual se ve reflejado en su arte gracias a su paleta de colores y a la referencia frecuente al mar. Desde chica demostró interés por el arte y la pintura, pero interrumpió sus estudios debido al estallido de la Segunda Guerra Mundial, en la que participó uniéndose al “Observer Corps” de Yorkshire. Su misión era detectar y posicionar los aviones en mapas cuando sobrevolaban territorio inglés. 

A los 21 años contrajo matrimonio con Kenneth Rowe, un artillero de la Fuerza Aérea Canadiense, con quien se fue a vivir a Canadá por nueve años y con quien tuvo a su hijo Trevor Rowe. Tras vivir en Canadá durante nueve años, en 1956 se trasladó a México junto con su hijo, quien entonces tenía cinco años. Se estableció en San Miguel Allende, Guanajuato. De 1956 a 1958, estudió pintura en el Instituto Allende, siendo su única educación artística formal.  En esa época firmaba sus obras como H. J. Rowe, su apellido de casada. En 1959 conoció al pintor Roger von Gunten, quien se mudó a vivir con ella a San Miguel Allende por un par de años. 

En 1964 conoció al escritor Jorge Ibargüengoitia. Al siguiente año empezó a salir con él y en 1968 se mudó a la Ciudad de México después de que envió a su hijo a la universidad en Vancouver. En 1973 se casó con Jorge Ibargüengoitia. Cuando la mamá de Ibargüengoitia murió, decidieron vivir en Europa, pasando tiempo en Londres, Grecia y España antes de establecerse en Paris en 1980. Ibargüengoitia la llamaba “la mujer lila” y en algunas ocasiones se refería a ella como “Cleo” en sus escritos. Ibargüengoitia murió en un accidente de aviación en 1983, mientras Joy Laville estaba en su casa de Paris. Ella continuó viviendo en Paris hasta 1985, y entonces regresó a México para establecerse cerca de Cuernavaca, Morelos, donde continuó pintando hasta los últimos días de su vida. Sus obras han sido exhibidas en diferentes galerías y museos. En el 2012 recibió  el Premio Nacional de Ciencias y Artes del gobierno de México por su trabajo realizado a lo largo de su vida.

Joy Laville murió el 13 de abril de 2018 en Cuernavaca, Morelos.

(Fuente: Silvia Cherem S. (30 Noviembre 2003), "Joy Laville: La mujer lila", Periódico Reforma)

 

SOBRE SU OBRA (Extracto de: Joy Laville, Una promesa de felicidad por Alberto Blanco)


Los colores que Joy Laville utiliza casi siempre -lila, verde malva, verde menta, rosa, blanco, gris y, desde luego, todos los matices del azul- pactan una red de relaciones tonales que vuelven inconfundible su música visual.

El color en la obra de la pintora ayuda -como lo quería Matisse- a expresar la luz; pero no el fenómeno físico, sino la única luz que importa en el arte: la luz en la mente del artista. Sus colores traducen la esencia de las cosas, los paisajes y los seres que ama, al mismo tiempo que dan fe de sus emociones.

Sus obras son amables, agradables, bellas, se dejan ver y vivir y ofrecen un bálsamo hospitalario a la mirada. Sin embargo, creo que para ver con claridad y hacer justicia a su pintura, habría que dejar de lado los aspectos anecdóticos que pueblan su obra -su infancia en una isla inglesa rodeada de niebla; su viaje ultramarino de Inglaterra a Canadá; su transplante a un país de altiplanos secos y de exuberantes palmeras y playas; su gusto por la literatura, por la poesía; su inclinación hacia la soledad; su matrimonio con un famoso escritor fallecido en un trágico accidente de aviación; su independencia mantenida a toda costa; su pasión por viajar-, pues lo primero que habría que ver y considerar en el caso de una pintora, y sobre todo de una pintura, es cómo están pintadas las telas.

Al ver los cuadros de Joy Laville, no podemos menos que reconocer que están muy bien realizados. En ellos hay una malicia pictórica que se halla muy lejos de la supuesta simplicidad pueril de sus temas y de las emociones hipotéticamente ingenuas que en nosotros suscitan. Hay que estar muy distraído para pensar que el engañoso candor que reina en las telas de Joy Laville provienen de su ingenuidad como artista. Definitivamente no. Nace de su amor por la pintura, del paciente reconocimiento de su oficio, de la estructuración de un lenguaje personal, de la intensidad de su visión y de su capacidad de compartirla.

La sabia restricción de su paleta, la suave armonía de sus colores, la economía de medios y el amor más que evidente por unos cuantos temas y objetos familiares resultan rasgos tentadores a la hora de establecer parentescos entre la obra de esta pintora y la de otros colegas de su misma progenie estética: Matisse, Morandi, Avery, por citar sólo algunos ejemplos señeros. Pero ésta es la parte fácil de la tarea. Mucho más difícil es tratar de distinguir en qué no se parece un artista a otro. En dónde radica su fiel e inimitable originalidad.

Y yo creo que la originalidad de la visión de Joy Laville -más que la de su pintura- radica en la manera en que ha resuelto la contradicción que se puede sentir entre el arte al aire libre del paisaje y la intimidad de sus espacios. ¿Cómo ha conseguido esta artista que las grandes extensiones de las montañas y el mar produzcan en nosotros una sensación de sosegada quietud, de aire hogareño, de familiaridad? En buena medida gracias a las lecciones de Matisse y a los colores que usa: suaves tonos pastel que invitan a la relajación. Lo ha logrado también con su forma de dibujar: todas las figuras, los elementos y los personajes que aparecen en sus cuadros han sido simplificados de tal manera que sólo quedan sus rasgos más entrañables, lo cual produce una suerte de interioridad y complicidad con quien los mira. Por otra parte, habría que preguntarse si Joy Laville es de veras una paisajista. Yo creo que no lo es. Al menos, no en el sentido usual. Ella no pinta nunca del natural. Sus paisajes son mentales, emocionales, memoriosos, sentimentales …

Tanto la forma como las extensiones de las superficies en sus cuadros están dictadas por las necesidades expansivas o reconcentradas del color. Si a esto agregamos que sus espacios, por más que aludan a las grandes superficies y distancias, están resueltos en formas también muy simples, planas, ensambladas como en esos rompecabezas para los niños pequeños que tienen sólo unas cuantas piezas, veremos que hay razones de sobra, tanto plásticas y visuales como psicológicas y culturales, para sentir que en su obra encuentran un equilibrio, así sea precario, una serie de contradicciones entre lo abierto y lo cerrado, lo grande y lo pequeño, lo público y lo personal.

Sus cuadros están construidos con formas simplificadas que se distribuyen en grandes áreas de colores casi sólidos, o trabajados en gamas muy cerradas, dentro de una paleta muy justa y delicada. Y si bien es cierto que su pintura se ha ido revelando crecientemente abstracta, no deja nunca sus referentes figurativos en el olvido. Joy Laville equilibra sus composiciones con unos cuantos elementos y formas esenciales, eliminando durante el proceso todos aquellos detalles superfluos que no contribuyen a la armonía total del cuadro.

De esta artista se podría decir algo muy semejante a lo que dijo Mark Rothko al hacer una sentida evocación de su maestro y amigo, el pintor neoyorkino Milton Avery: “Siempre tuvo esa naturalidad, esa exactitud, y la inevitable integridad que tan sólo pueden ser alcanzadas por aquellos artistas dotados con medios mágicos; por aquellos que han nacido para cantar…” ella nació para cantar con los colores y para pintar con una naturalidad que mucho le ha costado conseguir, pero que puede surtir efectos que cabría calificar de “mágicos” en quien contempla sus cuadros. 

 

PRINCIPALES EXPOSICIONES INDIVIDUALES

 

1974 Joy Laville, Dian Gallereis, Londres, Inglaterra

1974 Museo de Arte Moderno, Mexico D.F.

1977 Joy Laville: Retrospectiva, Museo de Arte Moderno, Mexico D.F.

1978 Joy Laville, Madison Gallery, Toronto, Canadá

1985 Joy Laville, Palacio de Bellas Artes, Ciudad de México

1998 Joy Laville: From the Quite Mind, Brewster Gallery, New York

1998 La Obra de Joy Laville, Galeria Emma Molina, Monterrey, Mexico

2004 Joy Laville: Retrospectiva, Museo de Arte Moderno, Mexico D.F.

2005 Joy Laville, Ramis Barquet Gallery, Nueva York

2012 Recibió del gobierno de México la medalla Bellas Artes por su trabajo a lo largo de su vida

2015 Joy Laville, Centro Cultural Jardín Borda, Morelos, México

2015 Joy Laville: The First Fifty Years, The McKinney Avenue Contemporary (The MAC), Dallas, Texas

2015 Joy Laville: Obra reciente, Galería de Arte Mexicano, Ciudad de México