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Si usted está interesado en comprar o vender alguna obra de Joy Laville puede contactarnos en info@inverarte.com ó telefónicamente. No manejamos litografías de esta artista.

 

JOY LAVILLE (Ryde on the Isle of Wight, Inglaterra, 1923)

Joy Laville llegó a México en 1956, y se estableció en San Miguel Allende, Guanajuato. De 1956 a 1958, estudió pintura en el Instituto Allende, siendo su única educación artística formal. Después se mudó a la Ciudad de México en 1968. Ella conoció al escritor Jorge Ibargüengoitia en 1964 y se casó con él en 1973. Cuando la mamá de Ibargüengoitia murió, decidieron vivir en Europa, pasando tiempo en Londres, Grecia y España antes de establecerse en Paris en 1980. Ibargüengoitia la llamaba “la mujer lila” y en algunas ocasiones se refería a ella como “Cleo” en sus escritos. Ibargüengoitia murió en un accidente de aviación en 1983, mientras Joy Laville estaba en su casa de Paris. Ella continuó viviendo en Paris hasta 1985, y entonces regresó a México para establecerse cerca de Cuernavaca, Morelos. (Fuente: Wikipedia)

Los colores que Joy Laville utiliza casi siempre -lila, verde malva, verde menta, rosa, blanco, gris y, desde luego, todos los matices del azul- pactan una red de relaciones tonales que vuelven inconfundible su música visual.

El color en la obra de la pintora ayuda -como lo quería Matisse- a expresar la luz; pero no el fenómeno físico, sino la única luz que importa en el arte: la luz en la mente del artista. Sus colores traducen la esencia de las cosas, los paisajes y los seres que ama, al mismo tiempo que dan fe de sus emociones. (Fuente: Extracto de Joy Laville: Una promesa de felicidad por Alberto Blanco)

Sus obras son amables, agradables, bellas, se dejan ver y vivir y ofrecen un bálsamo hospitalario a la mirada. Sin embargo, creo que para ver con claridad y hacer justicia a su pintura, habría que dejar de lado los aspectos anecdóticos que pueblan su obra -su infancia en una isla inglesa rodeada de niebla; su viaje ultramarino de Inglaterra a Canadá; su transplante a un país de altiplanos secos y de exuberantes palmeras y playas; su gusto por la literatura, por la poesía; su inclinación hacia la soledad; su matrimonio con un famoso escritor fallecido en un trágico accidente de aviación; su independencia mantenida a toda costa; su pasión por viajar-, pues lo primero que habría que ver y considerar en el caso de una pintora, y sobre todo de una pintura, es cómo están pintadas las telas.

Al ver los cuadros de Joy Laville, no podemos menos que reconocer que están muy bien realizados. En ellos hay una malicia pictórica que se halla muy lejos de la supuesta simplicidad pueril de sus temas y de las emociones hipotéticamente ingenuas que en nosotros suscitan. Hay que estar muy distraído para pensar que el engañoso candor que reina en las telas de Joy Laville provienen de su ingenuidad como artista. Definitivamente no. Nace de su amor por la pintura, del paciente reconocimiento de su oficio, de la estructuración de un lenguaje personal, de la intensidad de su visión y de su capacidad de compartirla.

La sabia restricción de su paleta, la suave armonía de sus colores, la economía de medios y el amor más que evidente por unos cuantos temas y objetos familiares resultan rasgos tentadores a la hora de establecer parentescos entre la obra de esta pintora y la de otros colegas de su misma progenie estética: Matisse, Morandi, Avery, por citar sólo algunos ejemplos señeros. Pero ésta es la parte fácil de la tarea. Mucho más difícil es tratar de distinguir en qué no se parece un artista a otro. En dónde radica su fiel e inimitable originalidad.

Y yo creo que la originalidad de la visión de Joy Laville -más que la de su pintura- radica en la manera en que ha resuelto la contradicción que se puede sentir entre el arte al aire libre del paisaje y la intimidad de sus espacios. ¿Cómo ha conseguido esta artista que las grandes extensiones de las montañas y el mar produzcan en nosotros una sensación de sosegada quietud, de aire hogareño, de familiaridad? En buena medida gracias a las lecciones de Matisse y a los colores que usa: suaves tonos pastel que invitan a la relajación. Lo ha logrado también con su forma de dibujar: todas las figuras, los elementos y los personajes que aparecen en sus cuadros han sido simplificados de tal manera que sólo quedan sus rasgos más entrañables, lo cual produce una suerte de interioridad y complicidad con quien los mira. Por otra parte, habría que preguntarse si Joy Laville es de veras una paisajista. Yo creo que no lo es. Al menos, no en el sentido usual. Ella no pinta nunca del natural. Sus paisajes son mentales, emocionales, memoriosos, sentimentales …

Tanto la forma como las extensiones de las superficies en sus cuadros están dictadas por las necesidades expansivas o reconcentradas del color. Si a esto agregamos que sus espacios, por más que aludan a las grandes superficies y distancias, están resueltos en formas también muy simples, planas, ensambladas como en esos rompecabezas para los niños pequeños que tienen sólo unas cuantas piezas, veremos que hay razones de sobra, tanto plásticas y visuales como psicológicas y culturales, para sentir que en su obra encuentran un equilibrio, así sea precario, una serie de contradicciones entre lo abierto y lo cerrado, lo grande y lo pequeño, lo público y lo personal.

Sus cuadros están construidos con formas simplificadas que se distribuyen en grandes áreas de colores casi sólidos, o trabajados en gamas muy cerradas, dentro de una paleta muy justa y delicada. Y si bien es cierto que su pintura se ha ido revelando crecientemente abstracta, no deja nunca sus referentes figurativos en el olvido. Joy Laville equilibra sus composiciones con unos cuantos elementos y formas esenciales, eliminando durante el proceso todos aquellos detalles superfluos que no contribuyen a la armonía total del cuadro.

De esta artista se podría decir algo muy semejante a lo que dijo Mark Rothko al hacer una sentida evocación de su maestro y amigo, el pintor neoyorkino Milton Avery: “Siempre tuvo esa naturalidad, esa exactitud, y la inevitable integridad que tan sólo pueden ser alcanzadas por aquellos artistas dotados con medios mágicos; por aquellos que han nacido para cantar…” ella nació para cantar con los colores y para pintar con una naturalidad que mucho le ha costado conseguir, pero que puede surtir efectos que cabría calificar de “mágicos” en quien contempla sus cuadros. (Fuente: Extracto de Joy Laville: Una promesa de felicidad por Alberto Blanco)

 

ALGUNAS DE SUS EXPOSICIONES INDIVIDUALES MAS IMPORTANTES:

 

1974 Joy Laville, Dian Gallereis, Londres, Inglaterra

1974 Museo de Arte Moderno, Mexico D.F.

1977 Joy Laville: Retrospectiva, Museo de Arte Moderno, Mexico D.F.

1978 Joy Laville, Madison Gallery, Toronto, Canadá

1985 Joy Laville, Palacio de Bellas Artes, Ciudad de México

1998 Joy Laville: From the Quite Mind, Brewster Gallery, New York

1998 La Obra de Joy Laville, Galeria Emma Molina, Monterrey, Mexico

2004 Joy Laville: Retrospectiva, Museo de Arte Moderno, Mexico D.F.

2005 Joy Laville, Ramis Barquet Gallery, Nueva York

2012 Recibió del gobierno de México la medalla Bellas Artes por su trabajo a lo largo de su vida

2015 Joy Laville, Centro Cultural Jardín Borda, Morelos, México

2015 Joy Laville: The First Fifty Years, The McKinney Avenue Contemporary (The MAC), Dallas, Texas

2015 Joy Laville: Obra reciente, Galería de Arte Mexicano, Ciudad de México