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ERNESTO ICAZA (Ciudad de México 1866 - Ciudad de México 1927)

Ernesto Icaza impulsado por su afición, llego a ser un buen charro, especialmente coleador y lazador, atildado, pulcro y eficiente.

Desde su infancia demostró un especial interés por el caballo y las suertes charras, así como gran vocación por el dibujo. (Fuente: Iconografía Charra por Leovigildo Islas Escárcega y Rodolfo García-Bravo y Olivera, 1969)

Desde muy joven, enamorado del ambiente de las haciendas y ranchos, gustó de alternar con los hacendados que formaban una verdadera aristocracia rural, prolongación de la del virreinato, aunque con un fuerte sentido mexicanista. Quienes lo conocieron y se encantaron con su trato gentil y delicado, lo describen como un caballero alto, arrogante y siempre vestido con el clásico traje nacional.

Raras veces vistió de catrín. Portaba comúnmente, con especial prestancia, sencillo traje charro: sombrero suave, de forma pachuqueña, es decir, de ala plana por delante y levantada por atrás; chaqueta, corbata de toalla y pantalón flojo, de jerga, casi nunca con aletón. (Fuente: Iconografía Charra por Leovigildo Islas Escárcega y Rodolfo García-Bravo y Olivera, 1969)

Le agradó vivir como un juglar errante, de hacienda en hacienda y de rancho en rancho.

Todos los hacendados de su tiempo se complacían en invitarlo a pasar temporadas en sus fincas. A ellas llevaba su prestancia y bohemia, recorriendo, en temporales estancias, las más importantes fincas pulqueras, ganaderas o agrícolas del Altiplano, a las que llevaba su caballete y pinceles. Los capaderos, los herraderos, los tusaderos, los coleaderos en las haciendas de La Gavia, de La Cofradía, de Nopalapa, de Arroyozarco, de Ciénega de Mata, de Pitahayas, y de muchas otras en los Estados de México, Hidalgo, Puebla y Tlaxcala, contaban frecuentemente con la presencia del ingenioso y gentil visitante, luciendo su barba a la boulanger y derrochando simpatía y vitalidad.

En las traveseadas y festivales, se complacía en alternar alegremente con patrones, vaqueros y caporales -sus entrañables amigos y compadres- en los menesteres vaquerizos, lo mismo derribando novillos ligeros a campo abierto, que manganeando yeguas achiflonadas a puerta de corral.

Coleaba a campo abierto o en improvisado lienzo, amarrando la cola del toro cerca del estribo, después de saludar y pachonear airosamente, derribando con maestría a la res. Conocía, como el más sabio de los viejos caporales, todos los secretos del arte de arrendar caballos y quitar resabios.

Dominaba con elegancia insuperable las sutilezas, mágicas a veces, del noble arte de la charrería, producto de una larga cabalgata de siglos.
Alternó con los más grandes charros de su tiempo, como los hermanos Oviedo, Carlos y Manuel Rincón Gallardo, Eduardo Carrera, Angel Adame, Pancho Macías, Eduardo Iturbide, José Díaz (hermano de Ponciano), Ricardo Hoyos, los hermanos César, Samuel y Arturo Rodríguez, Alvaro Roldán, Juan Zaldívar, los famosísimos Montaño, los mentados Arroyo, y otros muchos prominentes hombres de a caballo.

Por eso, por su amor a la charrería, al campo mexicano, a las virtudes de los varones de ese campo y a su imponderable maestría en el dominio de las bestias, supo llevar al lienzo, a sus tablas y cartones, escenas magistrales, pintadas en muchas ocasiones con colores corrientes, de tiendas o tlapalerías de pueblo, pero siempre con suprema sabiduría; con gran sinceridad y honradez.

La obra del charro pintor, variada y abundante, es un verdadero jaripeo pictórico, dinámico y vivo.

Su pintura -costumbrista, realista y de positivo sentido humano- tiene el encanto de la espontaneidad.

En ella recoge todas las suertes clásicas de la charrería y muchos de los incidentes del diario vivir en las haciendas, en las que pasó gran parte de su inquieta vida.

Es notable el celo con que recoge, para la posteridad, todos y cada uno de los detalles del equipo y del atuendo charros. Nunca incurre en el error, por ejemplo, de colocar anquera a un caballo de rienda limpia. Nunca comete el pecado, de lesa charrería, de omitir el zarape en la silla; de cabalgar sin llevar calado el barbiquejo; de usar espuelas en un potro de falsa rienda, etc.

Su capacidad de observación es admirable. De ella usa al consignar con fidelidad los colores y pelos de los caballos y toros que con deliciosa maestría pintó, así como los más nimios detalles de los fondos.

Los tipos campiranos están también admirablemente captados: el amo de la hacienda, el caporal, los vaqueros, el cochero, los tlachiqueros en las fincas pulqueras, las mulas de tiro y de silla con sus arreos adecuados; la gran variedad de tipos de freno; los diferentes tipos de sillas; el nudo de los gargantones de los caballos; el vestuario de los charros y todos los detalles de la equitación mexicana.

Sus concepciones pictóricas, costumbristas y humanas, en las que sólo da importancia al paisaje cuando estima que es personaje del cuadro, tienen un notable sentido poético, de muy auténtica y honda raíz popular. Ello permite calificarlo, aunque parezca paradójico, como un aristócrata del pueblo.

Si bien su temática la realizó en obras de caballete principalmente, también pintó murales, entre los que deben de mencionarse, por su excelente composición y colorido, los ejecutados en las haciendas de La Cofradía, en el Estado de México, de Ciénega de Mata, en Jalisco, y de Nopalapa, en Hidalgo. (Fuente: Iconografía Charra por Leovigildo Islas Escárcega y Rodolfo García-Bravo y Olivera, 1969)

En Mixcoac, D.F., Ernesto Icaza falleció en 1927, y no en 1935 como erróneamente se ha escrito. (Fuente: Ernesto Icaza: Un Charro pintor, por Xavier Moyssén, 1987)

 

ALGUNAS DE SUS EXPOSICIONES INDIVIDUALES MAS IMPORTANTES:

 

1950 En una exposición memorable de carácter nacional, Fernando Gamboa dió a conocer por primera vez cien telas de Ernesto Icaza, Palacio de Bellas Artes, Ciudad de México.

1987 "Ernesto Icaza: Un charro pintor", Instituto Cultural Mexicano, San Antonio, Texas.

1987 "Ernesto Icaza: Un charro pintor", Museo de Monterrey, Monterrey, Nuevo León.