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"Los Elotes" de Ricardo Martínez

En este cuadro de Ricardo Martínez, adquiere ejemplo ciertamente probatorio la idea de la raíz común del hombre de México y su ámbito exterior. En él se manifiesta, en la pureza de su perfecta plenitud, lo expresado con abundancia de rasgos naturales en aquella otra gran obra suya anterior: “Las raíces del valle”.

Aquí, el fruto del trabajo encarnizado, resultado de la lucha contra lo que en pintura pueda ser accidental o accesorio, empieza a mirarse sólo aquello que le es absolutamente esencial.

Los planos del paisaje que se hacen fondo hasta el horizonte; el cielo de nubes tras el lejanísimo ondular de los montes, son ahora únicamente la gran planicie celeste sobre la cual se destacan los filos de montañas análogas a viejas construcciones nuestras, sean techumbre de chozas o elevación de santuarios.

Teniendo como respaldo ese cielo y esas montañas, la figura humana aparece simplificada también, en formas cabalmente libertadas de pormenores juzgados estorbosos para la específica intención pictórica.

En el cuadro, dos hombres sentados uno al lado de otro, absorto cada uno en sí mismo, comen la comida que desde siglos hace nuestra carne. Cada uno tiene en sus manos una mazorca de maíz.

El aire, delgadísimo y frío, condensa en el exterior de esos hombres la poderosa luz que conduce. Junto al de la derecha, se para un gran perro; sin cuidarse de los hombres, seguro de su presencia, olfatea una piedra. Se ve sólo su parte anterior.

Aparece aquí, ya firmemente establecidos, rasgos de formas que, luego de haber sido buscadas sin tregua, se han de presentar obstinadamente como imprescindibles y propias en la pintura de Ricardo Martínez. Así, esas cabezas desnudas de cabello, igual que esculpidas en roca o en cristal, sabias y eternamente vivientes.

Ahora también, las figuras están vestidas de blanco, asimilando en sus ropas la intensidad luminosa, mientras su piel se quema, oscurecida y reseca.

El de la izquierda se ve cabalmente de frente. Se sienta con la pierna derecha doblada sobre la tierra, de modo que ese pie cubre el izquierdo; doblada así mismo, pero más pronunciadamente y en sentido vertical, la otra pierna se junta al pecho y queda colocada entre los antebrazos que suben para llevar la mazorca a la boca.

Los hombros, horizontales, se redondean; de allí descienden verticalmente los brazos.

Sentado también, pero él con las dos piernas dobladas hacia arriba, el hombre de la derecha está figurado en tres cuartos.

Las manos, ocupadas en sostener la mazorca, ponen el dorso sobre las rodillas.

Ha mordido el maíz y lo mastica despacio. Se miran los dientes en la boca entreabierta.

A la izquierda de la primera de las figuras humanas, el paisaje se reduce a un prisma triangular en perspectiva. Recuerda el techo de dos aguas de una casa campesina; a la derecha del otro, se levanta algo como una pirámide de anche base.

Y veamos ahora los rostros de esos hombres. Comba y pulida la frente, altos y salientes los pómulos, contienen entre sí la profundidad de las cuencas oculares.

Los párpados tienen por borde una fina línea de luz, que contrasta con la sombra que encierran. Desde esa sombra, miran los ojos, parecen mirar a quien los mira.

La pobreza, el rencor a quien obliga haber sido siempre pobre, aleja toda posibilidad de aceptar compasión. Pero esos rostros, en el mismo desprecio que muestran, parecen ofrecer una compasión inmensurable a quienes no han padecido.

El hambre no satisfecha más que a medias, conocida en su constante tiranía, se convierte en ellos en algo como una voluntad terrestre, en el impulso de una lucha que más que por la aspiración a la victoria, es guiada por la necesidad de luchar, por la lucha misma.

Y una combativa severidad crece y se impone, como valor inmanente, a partir de estas figuras humildes. Porque este cuadro, al igual que los dos antes descritos y como el conjunto de los creados por Ricardo Martínez en esta época en tantos sentidos decisiva, sustenta con el prefecto equilibrio de sus formas, con su atmósfera de nítidas iluminaciones, un sentido que es, a la vez, conquistada serenidad y trágica rebeldía.

Con lo escueto de sus formas, con la estricta solemnidad de su arquitectura, con la móvil alternación de sus líneas y sus masas, va convocando, al mismo tiempo que una evidencia de sequedad y maldad y miseria, un urgente llamado contra la resignación, una convocación a la conciencia y el señorío, fundamento de lo humano.

Allí están los cuerpos, cuya desnudez se vuelve perceptible incluso más allá de sus vestidos; allí está la cerrazón simplicísima de los rostros sombríos.

Esos hombres, ese hombre figurado así, contenido en estas imágenes, es el hombre nuestro, tan nuestro como el paisaje hostil, como el ámbito social enemigo. Somos nosotros.

Y despertado por la pobreza, por la aguda soledad, por el silencio traducidos a la pintura, sugeridos por Ricardo Martínez mediante procedimientos estrictamente pictóricos de la máxima sobriedad, algo en nuestro más hondo interior se levanta y conoce.

(Fuente: Texto de Rubén Bonifacio Nuño, en "Ricardo Martínez: Exposición Antológica", Palacio de Bellas Artes, 1994, pág. 33 y 34)